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Ejemplar: donan plaquetas cada 15 días para salvar vidas de pacientes con leucemia

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No hay que ir muy lejos para encontrar verdaderos héroes que luchan por un mundo mejor. Solo hay que atravesar un insulso y largo pasillo del hospital Padilla hasta toparse con un cartel que dice “Aféresis”. La puerta se abre y ahí están ellos. No llevan capa ni espada. Sí son guerreros con brazos de oro: cada 15 días van desinteresadamente a conectarse a una máquina que les extrae plaquetas durante una hora. Esas células se convierten en el salvavidas de los pacientes con leucemia porque sin ellas corren el riesgo de morir por hemorragias.

Forman parte del Club de Donantes por Aféresis de Tucumán, que se formó hace cuatro años y que mañana festeja su día. El club tiene 300 inscriptos, aunque son 60 los que van regularmente a donar plaquetas. La aféresis es un procedimiento indoloro. Es un tipo de donación de sangre en la que se utiliza una máquina especializada que toma una porción del líquido, selecciona las plaquetas y luego devuelve al donante su sangre por la misma vía.

 

Una familia ejemplar

El primero en conectarse a la máquina esta mañana es Hugo Longo (48 años). Casi no habla y tiene siempre los ojos humedecidos. Aunque no lo diga, a él se le ocurrió la idea de hacer un club de donantes.

Todo comenzó en 2012, cuando la hija más pequeña de Hugo se quejaba por los dolores que sentía en sus rodillas. La niña, que entonces tenía cinco años, no podía caminar y se cansaba mucho. Hasta le costaba ir a la escuela. Tenía demasiados hematomas en el cuerpo. La llevaron al traumatólogo y de ahí comenzaron a peregrinar por varios médicos. Hasta que uno de ellos les dijo, sin contemplación, que la llevaran urgente al hospital de Niños porque no tenía nada bueno.

Después de varios estudios y una punción, el 23 de julio, llegó el diagnóstico menos esperado: Lourdes padecía leucemia (una enfermedad que afecta las células madre de la médula ósea y produce una deficiencia en los glóbulos blancos, glóbulos rojos y plaquetas).

“Luli”, como le dicen en la casa, debía quedarse internada y comenzar un largo tratamiento, para el cual la donación de sangre y de plaquetas eran cruciales. Hugo dijo inmediatamente que él sería donante. Pero la primera vez que él intentó conectarse a la máquina de aféresis no pudo hacerlo. “Tranquilo; estás muy estresado”, le dijeron. Lloraba de impotencia. De dolor. Les pidió a sus compañeros de trabajo (es albañil) si podían donar, pero muchos de ellos le solicitaron plata a cambio. La esposa de Hugo, Marta (48), y sus hijos Pablo (21) y Soledad (23) se unieron al club de donantes cuando la pequeña “Luli” ya estaba bien y no necesitaba más plaquetas.

“Vimos lo que pasaban muchas familias, niños que fallecían porque no alcanzaban las donaciones. La desesperación de la gente, ofreciendo cantidades de plata para conseguir donantes… Es muy injusto. Por qué piden eso cuando podrían hacerlo desinteresadamente”, dice Soledad.

Además de poner su brazo a disposición del equipo de aféresis, Soledad anda con su tarjetita a cuestas y se la entrega a familiares de personas con leucemia para que la llamen si necesitan donantes. “Una vez se acercó una persona y me ofreció plata para donar. Le dije que estaba loco; yo lo hago a cambio de nada”, insiste la mujer.

Cada vez que Hugo y su familia iban al hospital por su hija veían la cantidad de personas que sufrían porque no conseguían donantes. Así fue que a él se le ocurrió formar, en 2014, un club de personas que se anotaran para que, en caso de necesidad, las llamaran para donar.

“La verdad que fue un éxito. Primero fuimos 13 padres, pero se hizo una bola de nieve y llegamos a 300 inscriptos”, cuenta con orgullo. “Ahora somos unos 60 los que venimos frecuentemente”, agrega.

Promesa cumplida

Adriana Pintos (48 años, empleada) también la solidaridad le brotó después de haber sufrido un hecho doloroso. Hace tres años a su hija le diagnosticaron leucemia aguda tras haber consultado médicos de todas las especialidades.

“Me quedé helada. Mi hija estuvo muy grave; dos veces al borde de la muerte. Cuando necesitamos donantes de plaquetas, más de 100 amigos de ella vinieron a donar. Fue el 6 de agosto de 2012. Fue impresionante el gesto de solidaridad. Entonces, hice una promesa: si mi hija se salvaba yo sería donante en forma permanente. Y aquí estoy: cada 15 días vengo a las 7 de la mañana y pongo mi brazo a disposición de quién lo necesite. Es algo que me da mucha satisfacción. Pese a que uno nunca sabe quién es el beneficiario, se siente bien”, resume.

Darse por entero

“Perdí a mi mamá cuando tenía 18 años. Fue algo muy duro”, arranca Lorena Muñoz(30 años). “Durante su enfermedad, lo que más nos costó fue conseguir donantes de sangre porque era RH negativo. Y yo sentí mucha impotencia porque no la podía ayudar. Ofrecimos dinero, pero ni así obteníamos colaboración. En siete meses que estuvo grave una sola persona se acercó a donar sin que le diéramos plata”, cuenta, aún con algo de desesperanza en su tono.

Eso ocurrió en 2007 y después de esa experiencia Lorena decidió que iba a dar todo lo que pudiera por otras personas enfermas que lo necesitaran.

Apenas cumplió 21 años se anotó como donante voluntaria de sangre. Luego, se dejó crecer el pelo y lo ofreció para que les hicieran pelucas a pacientes con cáncer. También se inscribió para donar sus órganos y hace tres años se sumó al club de Aféresis, adonde concurre cada 15 días a que le extraigan plaquetas y plasma.

Muchas personas se sorprenden por lo solidaria que es. “Esto me ayuda más que nada a mí. No puedo dormir si no hago nada por alguien”, asegura ella, que trabaja en un estudio jurídico. Hace dos semanas había salido de viaje de vacaciones y la llamaron porque necesitaban plaquetas. Sin pensarlo armó las valijas y se volvió. “Para mí esto es lo importante”, sentencia.

Coincide con ella Nancy Hermosillo, otra integrante del club. Es payaterapeuta y siempre está buscando la forma de colaborar con alguien que lo precisa. Así que cuando la invitaron a donar plaquetas, ella no lo dudó. Sólo interrumpió sus extracciones mensuales cuando estuvo enferma. “Lo bueno es que siempre estoy alegre, y eso se transmite también por la sangre”, bromea.

Miedo e ignorancia

Mucha gente no dona plaquetas por miedo e ignorancia, creen estos integrantes del club. “Hay que gente me dice: ‘sólo un tonto se va a lastimar por alguien que no conoce’. Yo ni les contesto”, resume Hugo. Hasta en el día de su cumpleaños, un domingo, tuvo que suspender el festejo porque alguien necesitaba plaquetas. No importa la hora ni el lugar. Siempre tiene su teléfono encendido. “Es lo más”, le dice la directora del servicio de Aféresis, la doctora Graciela Avila. El cierra los ojos y niega con la cabeza. Su brazo de oro sigue ahí, conectado a la máquina, corroborando que no hace falta tener superpoderes para convertirse en héroe todos los días.

Por Lucía Lozano para La Gaceta